Artículo
¿Quién eres sin tu profesión?
¿Qué pasa cuando tu carrera profesional deja de emocionarte y descubres que has construido toda tu identidad alrededor de ella? Una reflexión personal sobre cambiar de profesión, empezar de nuevo y aprender a disfrutar de la vida sin tener que convertirlo todo en algo productivo.
Por Jess · · 6 min de lectura

Sobre dejar una carrera profesional, perder un poco la identidad y descubrir que no todo en la vida tiene que convertirse en un negocio.
Hay una pregunta que parece bastante sencilla hasta que intentas responderla: ¿quién eres sin tu profesión?
Porque seamos sinceras, vivimos en un mundo donde una de las primeras cosas que queremos saber de alguien es a qué se dedica. Como si su profesión fuera una especie de resumen ejecutivo de su existencia.
Y durante mucho tiempo, yo también me presenté así.
Era nutricionista, emprendedora, mamá de Nico y José. Tenía proyectos, objetivos, planes de crecimiento y probablemente unas 47 ideas de negocios esperando su turno.
Lo que no tenía era una respuesta demasiado clara a una pregunta bastante más importante: ¿qué me gusta hacer cuando no estoy trabajando?
Una pequeña crisis de identidad (nada dramático, por supuesto)
Hace poco menos de un año me di cuenta de algo que llevaba tiempo intentando ignorar: mi carrera profesional ya no me emocionaba.
Pero no fue una de esas revelaciones que llegan mientras tomas café tranquilamente una mañana. No. La mía llegó en medio de la quiebra de mi negocio de nutrición.
Durante meses estuve intentando rescatarlo. Buscando soluciones, replanteando estrategias y haciendo todo lo posible para que algo que había construido durante años no terminara desapareciendo.
Y entre la preocupación económica, la frustración y la desesperación por salvar mi negocio, empecé a hacerme una pregunta bastante incómoda: ¿realmente quería seguir haciendo esto?
Porque una cosa es luchar por algo que amas y otra muy distinta es seguir luchando simplemente porque llevas demasiado tiempo haciéndolo.
Y ahí estaba yo, intentando salvar una carrera profesional de la que, en el fondo, ya no quería formar parte.
Lo curioso es que la nutrición seguía encantándome. Me gusta aprender sobre alimentación, entender cómo funciona nuestro cuerpo y descubrir todo lo que podemos hacer para sentirnos mejor.
Pero había una pequeña diferencia que me tomó años comprender: que algo te apasione no significa necesariamente que quieras dedicar tu vida profesional a ello.
Y entonces llegó una conclusión que fue tan incómoda como liberadora: no quería seguir sufriendo por rescatar un negocio que ya no me emocionaba.
Por supuesto que me dolía verlo fracasar. Había invertido años de trabajo, tiempo, dinero y una buena parte de mi identidad en él. Pero entre la quiebra del negocio y la desesperación por seguir siendo nutricionista, me di cuenta de que estaba intentando conservar algo que ya no quería.
¿Y si lo que tanto me costaba soltar no era mi profesión, sino todos los años que había dedicado a construirla?
Al principio fue extraño admitirlo. Después de tantos años estudiando, trabajando y construyendo una carrera profesional, ¿simplemente iba a cambiar de opinión?
Pues aparentemente sí.
Empecé a identificar qué otras cosas disfrutaba, cuáles eran mis habilidades y qué tipo de trabajo me hacía sentir realmente entusiasmada. Y cuando finalmente logré ponerles nombre, pensé: ¡De aquí soy!
Gracias por todo, nutrición. Nos seguimos viendo en la cocina.
Me lancé a estructurar una nueva etapa profesional con toda la emoción de alguien que acaba de encontrar su siguiente gran propósito.
Por supuesto, asumí que también iba a vivir económicamente de ello.
Spoiler: por el momento, no.
Pero mientras organizaba proyectos, aprendía cosas nuevas y trataba de descubrir hacia dónde quería ir, apareció una pregunta que no estaba precisamente en mi plan de negocios.
¿Y ahora quién soy?
Cuando tu profesión se convierte en toda tu personalidad
Durante los últimos diez años, mi profesión y mi carrera profesional se habían apropiado de prácticamente toda mi identidad.
Mis hobbies eran trabajar. Mi tiempo libre era una oportunidad para trabajar. Mis intereses giraban alrededor de aprender cosas que me permitieran crecer profesionalmente.
Y si tenía una tarde disponible, seguramente podía aprovecharla para adelantar algo de trabajo.
Muy equilibrado todo.
Sin darme cuenta, había reducido gran parte de mi vida a dos objetivos: crecer profesionalmente y generar dinero.
No es que esas cosas estén mal. Me sigue gustando crear, emprender, aprender y construir proyectos. Disfruto muchísimo todo eso.
El problema era que había olvidado cómo hacer algo simplemente porque me gustaba.
Leer un libro, por ejemplo, tenía que servirme para mejorar mis finanzas, aprender una estrategia o desarrollar alguna habilidad.
Si tomaba un curso, debía ayudarme a ofrecer mejores servicios.
Si veía videos, eran sobre negocios, marketing o cómo crecer más rápido.
Y si salía a algún evento, siempre existía la posibilidad de hacer networking.
Porque aparentemente hasta tomar un café necesitaba tener potencial de retorno de inversión.
¿En qué momento había empezado a tratar mi vida como una empresa?
¿Y la persona detrás del currículum?
Creo que nuestra inteligencia a veces juega un poco en nuestra contra.
Somos tan buenas encontrando soluciones, estableciendo objetivos y pensando en el siguiente paso que terminamos convirtiendo nuestra existencia en una lista interminable de cosas por conseguir.
Y en algún punto, entre la ambición, las responsabilidades y esa sensación permanente de ME TENGO QUE APURAR, dejamos de preguntarnos si realmente disfrutamos lo que estamos haciendo.
Eso fue exactamente lo que me pasó.
Cuando decidí dejar de ejercer mi profesión, descubrí que una parte enorme de mi identidad estaba construida alrededor de mi carrera profesional.
Era la mamá de Nico y José. O era la nutricionista emprendedora.
¿Pero quién era yo fuera de esos roles?
¿Qué me gustaba hacer? ¿Qué me daba curiosidad? ¿Qué disfrutaba cuando no había nada que demostrar, producir o conseguir?
No tenía respuestas muy claras.
Y lo más curioso es que no estaba buscando convertirme en alguien diferente.
Estaba intentando recordar quién había sido antes de empezar a medir prácticamente todo en términos de productividad.
El extraño placer de hacer algo que no sirve para nada
Empecé a buscar pequeñas pistas de esa versión de mí que había quedado escondida entre responsabilidades, proyectos y viejos recuerdos.
Volví a prestar atención a las cosas que me daban curiosidad. A las actividades que disfrutaba cuando era más joven. A esos intereses que había abandonado porque no parecían especialmente útiles.
Y comencé a hacer cosas sin preguntarme qué podía obtener de ellas.
Leer algo solo porque me interesaba.
Aprender algo sin tener que convertirlo en un servicio.
Dedicar tiempo a una actividad sin pensar si podría monetizarla.
Disfrutar una tarde sin sentir la obligación de aprovecharla.
Al principio, tengo que admitirlo, se sentía rarísimo.
Después de tantos años acostumbrada a que cada actividad tuviera un propósito, hacer algo simplemente por gusto parecía casi una irresponsabilidad.
Pero poco a poco fui entendiendo que no necesitaba justificar cada minuto de mi vida.
Que podía tener intereses que nunca se convirtieran en proyectos.
Que podía ser buena en algo y no hacer un negocio de ello.
Y que había cosas que merecían mi tiempo aunque no me hicieran más productiva, más exitosa o más rica.